miércoles, 25 de mayo de 2016

INFINITO

No sabía que le había golpeado en la nuca, aunque poco importaba; ya conocía el infinito. Sin embargo, dudaba tanto de su propia existencia que prefería ser prudente y no hablar a nadie de tan excelsa sensación. Solo sonreía y bostezaba; y suspiraba por cada cosa que hacía. Se paseaba como un autómata. De aquí para allá; sin descanso. Hasta que su estómago le pedía alimento. Entonces, entraba en un bar y pedía unos macarrones con tomate, que se desparramaban por el suelo a medida que los engullía. Se encogía avergonzado y miraba a los lados, de reojo. Apenas existía. 

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