domingo, 25 de enero de 2015

PRISIONERA



Nos vimos de repente en la calle, él hablaba por el móvil como siempre. Había pasado mucho tiempo desde que lo dejamos. Y, en ese encuentro inesperado, sin poder esquivarlo, nos saludamos, e incluso nos dimos la mano. Yo se la di mustia, como un trapo. Él la aceptó y me la agarró fuerte. No abandonó la conversación que llevaba, seguía hablando mientras me tenía cogida. Sus ojos me decían que enseguida estaría conmigo. Pero mientras, anduvimos juntos bordeando el estanque donde nos tropezamos, dimos una vuelta en barca y hasta entramos al supermercado; los dos cogidos de la mano. 

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